No supo lo que era entrar en una cocina hasta que se casó. En el Bilbao en el que nació Rocío Gandarias, hace 87 años, era impensable que una mujer de su posición social anduviera entre fogones. “Se comía bien y en mi casa había servicio. Pero me casé, viví mucho tiempo en el campo, y a mi marido le encantaba recibir en casa y comer bien. Pasaba mucho tiempo en la cocina y nunca sabía quién iba a venir a comer. Desde por la mañana se preparaban bizcochos, desayunos, comidas, meriendas y cenas”, recuerda, sentada en uno de los sofás del confortable salón de su casa en el barrio de Salamanca, en Madrid. Pero no fue hasta que se separó de su esposo, con 45 años y ocho hijos a su cargo —con edades de entre 19 y nueve años—, cuando comenzó a trabajar. “No había hecho en mi vida nada. No quería pedir dinero a mis padres y comencé llevando tartas y platos a los restaurantes. Luego empecé a lo grande. Cogí fama con una gran fiesta que di”. Ese fue el germen de lo que sería más tarde La Cococha, empresa pionera en el cáterin de lujo en España.
