Lorenzo Caprile (Madrid, 57 años) es una rara avis en el ecosistema de la moda, una industria regida por grandes grupos de lujo y marcas de moda rápida. Para ser más precisos, Caprile es de una especie en peligro de extinción. El modista trabaja a la vieja usanza, en su propio taller, en el madrileño barrio de Salamanca, donde cada año un pequeño ejército de costureras y bordadoras confeccionan a mano cientos de trajes a medida ajenos a la dictadura de las tendencias. Aquí solo se hacen vestidos para satisfacer las fantasías, antojos y caprichos de las clientas: princesas, infantas, aristócratas, damas de alta sociedad y señoras de a pie. Es un “milagro” en un negocio cada vez más industrializado y menos personal.
