
El concierto empieza como un trance. “Benito, hijo de Benito, le decían Tito. El mayor de seis trabajando desde chamaquito”. Desde las pantallas, dos muchachos mexicanos piden invocar a su cantante favorito y empiezan a contar: “Un día Tonito lo invitó pa hacer una mudanza pa buscarse alguito, par de pesos, pa algo alcanza. Gracias a Dios que ese día no estaba busy. Porque en la mudanza fue donde conoció a Lisy”. Y 66.000 personas, que están este jueves de diciembre en el estadio GNP de Ciudad de México, narran en un murmullo una historia familiar: “Antes de irse pa Almirante, donde se conocieron, vivieron en Morovis, en donde hicieron al nene. Que en Bayamón por primera vez vieron”. Y entonces un estruendo, un fogonazo. Él aparece, pero no canta. En su primer minuto en el escenario, Benito Antonio Martínez Ocasio solo mira despacito alrededor, sonríe de lado, cierra los ojos, inhala, exhala, asiente y ahí sí, ahí revela lo que da inicio a todo: “Un aplauso pa mami y papi, porque en verdad rompieron”.

