El presidente de los Estados Unidos ha expresado con claridad su interés por Groenlandia. Las manifestaciones a este respecto datan de su primer mandato, pero entonces fueron consideras una extravagancia propia de un mandatario poco convencional. La atención que la Estrategia de Seguridad Nacional recientemente aprobada dedica a este territorio invita a tomarse el asunto más en serio. Con todo, lo realmente inquietante no está tanto en escuchar a distintos portavoces de la Administración norteamericana decir que Estados Unidos se hará con la isla “por las buenas o por las malas”, como en la credibilidad que adquiere lo dicho tras la intervención ilegal en Venezuela. El presidente de los Estados Unidos ha declarado, sin rodeos, que su acción política no encuentra límite en el derecho internacional y, en esta misma línea, ha cuestionado también la soberanía de Dinamarca sobre Groenlandia al afirmar, de manera burlona, que “el hecho de que [los daneses] desembarcaran allí con un barco hace 500 años no significa que sean dueños de esa tierra”.
