“Siento que he conseguido subirme a una balsa salvavidas, pero es muy precaria. Y a mi alrededor, veo cómo se está hundiendo mucha gente a la que quiero”, confiesa Marina Gómez, de 45 años, que compró su primera vivienda hace pocos meses. Según dice, cuando completó aquel proceso (de la búsqueda a la notaría, pasando por inmobiliaria, banco y tasadora antes de la mudanza) sintió más alivio que ilusión. El profesor de la UEV Juan Carlos Asensio-Soto, que investiga sobre el mercado inmobiliario español, confirma que su caso es el que más se repite entre los compradores más recientes: “En muchos no se percibe la alegría de empezar algo nuevo, sino más bien la sensación de haber sobrevivido a una prueba muy dura. Comprar se vive como cerrar una etapa agotadora. Aparece el descanso, incluso el orgullo por haberlo conseguido, pero rara vez el entusiasmo”.
