A pesar de lo que está ocurriendo en el mundo a la vista de todos, la democracia parece seguir viva, al menos como un concepto ideal, como una palabra que todavía conserva prestigio y que aún se pronuncia con respeto en los discursos oficiales. Hay elecciones periódicas, parlamentos que continúan sesionando, tribunales que siguen dictando sentencias. Las ceremonias se cumplen, el sistema conserva sus ritos, sus formularios, su gramática institucional. Pero hace tiempo sabemos que la vitalidad de una democracia no se mide tanto por la persistencia de sus procedimientos, sino que, por su capacidad de representar un proyecto común, por su aptitud para asegurar un futuro compartido. Y ahí, precisamente, es donde comienzan a verse las grietas.
