
Ahora que ha pasado tiempo, Nuria Gato se da perfecta cuenta de que en la escuela y en el instituto la trataron como “un bicho raro”. Eso no quita que tuviera una infancia muy feliz, hija única de unos padres volcados en su bienestar. ¿Pero cómo no sentirte rechazada si tus compañeros evitan tocarte por las heridas que brotan en la palma de tu mano? ¿Cómo escapar a las miradas juiciosas cuando más tarde, en plena adolescencia, las escamas de golpe empiezan a poblar tu frente? En la voz de esta técnica de laboratorio de 28 años hay el sosiego de quien ha transitado de “la rabia a la aceptación”: “Antes me maldecía todo el tiempo por haber nacido así. Cuando hablaba de la psoriasis se me hacía un nudo en la garganta o lloraba”, explica por teléfono.
