El lujo se mueve. Baja y sube, se expande por países lejanos y desaparece de sus antiguos dominios. También transforma su aspecto. Las marcas de moda o relojes que antes presentaban campañas de Navidad, esquí o baño, siempre según las estaciones del hemisferio norte, ahora lanzan ediciones cápsula por el Día de los Solteros o el Año Nuevo Lunar, fechas fundamentales en Asia, o Eid al Fitr, la fiesta que marca el final del Ramadán en los países islámicos. Los relojes incorporan caracteres cirílicos y asiáticos, dragones y arabescos. Los desfiles de las colecciones crucero, con precios más altos que las convencionales, se celebran en Escocia, Hong Kong o Brasil. Las modelos pasean por enclaves monumentales mientras en el paso de Lars, que conecta Georgia con Rusia, caravanas de coches de lujo esperan a cruzar la frontera para reunirse con sus destinatarios finales. Joyas y relojes cuyo precio supera el millón de euros duermen en búnkeres bajo el desierto. La alta costura se viste en salones cerrados a cal y canto a miles de kilómetros de los talleres donde se confeccionaron. Las firmas europeas compiten por los mejores locales de la avenida Madison de Nueva York o la avenida Montaigne de París, pero sus verdaderos desvelos vienen de Bombay, donde hay muchos clientes y pocos espacios, o Pekín, donde sigue retrasándose la inauguración de fastuosas tiendas a la espera de tiempos mejores.
